—¿Qué hay de la daga? —retomó sus preguntas a milímetros de sus labios.Agitada, aturdida y sonrojada.—Era la única herramienta que la diosa tenía para controlarme, la daga no puede matarme, solo puede dormirme... Siglos, Bambi. Siglos perdido en la oscuridad, sin ti, sin tenerte a ti así, sin ver crecer a mis hijos, hasta que nuestros cachorros me trajeron de vuelta. Pero ahora nadie va a separarnos.Sus embestidas se volvieron salvajes golpeándola en un ángulo perfecto. Katherine se aferró a él perdida en el placer, en las palabras de Cassian, en él.Lo había echado tanto de menos, sentía que Cassian la complementaba, llenaba un vacío que no sabía que tenía hasta ahora.—Eres mía, Katherine —gruñó con la voz ronca por el deseo y juramento eterno—. Y yo soy tuyo, no hay daga, no hay ritual, no hay maldita manada que pueda cambiar eso.Cassian la miró con esa intensidad que siempre la desarmaba, sus ojos azul hielo brillando como si contuvieran toda la eternidad y solo la vieran a el
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