Darle tiempo a un dios es como dar cuerda a reloj: nunca sabes cuándo explotará.Seraphine había establecido las reglas con claridad quirúrgica la primera noche después del acuerdo. Seis horas—de las seis de la tarde a medianoche—durante las cuales Khaos tendría control completo de su cuerpo. El resto del tiempo, él permanecería latente, observando pero sin interferir.Es suficiente, había insistido ella, ignorando la risa oscura que resonaba en su mente. Seis horas o nada.La transición ocurría exactamente a las seis. Seraphine lo sentía como un cambio de marea dentro de su propia piel—una ola de oscuridad primordial que ascendía desde las profundidades de su ser, tomando control de músculos, nervios, sentidos. Sus ojos, reflejados en cualquier superficie, cambiaban completamente. El ámbar dorado desaparecía, reemplazado por un negro
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