La luz del amanecer se filtraba por las ventanas blindadas de la clínica, iluminando motas de polvo que danzaban como espectros en el aire enrarecido. El cuerpo de Alistair Finch había sido removido, su búnker, sellado y abandonado como una tumba de acero y datos. Pero su presencia, o más bien la ausencia que dejaba, era más palpable que nunca. Félix, de pie frente al mapa de amenazas en el centro de mando, sentía el peso de un nuevo tipo de guerra. Ya no se enfrentaban a un estratega, sino a un fantasma ideológico, un eco que resonaría en las acciones de un discípulo cuya cara y métodos desconocían.Clara entraba en la sala, con Lucas en brazos. El bebé, ajeno a las tormentas que se cernían sobre su mundo, dormía plácidamente, su pequeño puño cerrado contra la mejilla de su madre. Ella se detuvo al lado de Félix, siguiendo su mirada hacia el mapa.—No podemos esperar a que él actúe —dijo Clara, su voz serena pero cargada de una urgencia férrea—. Finch nos estudió. Su heredero… nos ca
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