La luz del amanecer se filtraba por las persianas de la guardería, iluminando motas de polvo que danzaban como partículas de paz en un mundo convulso. Clara, con Emma prendida a su pecho en el silencio lechoso del amanecer, sentía la dicotomía de su existencia grabada a fuego en cada fibra de su ser. En una pantalla táctil sobre la mesa de noche, los informes del Consorcio se actualizaban en silencio: flujos de capital, avances en la red "Aegis", movimientos logísticos. Era la maquinaria de un imperio naciendo, y ella, en bata de lactancia, era una de sus arquitectas.Mientras el mundo de Félix se expandía en lo digital y lo corporativo, el de Clara se había replegado, intensificado, alrededor de estos dos seres que respiraban con una fragilidad que le partía el alma. Lucas, en su cuna, dormía con el puño cerrado junto a su mejilla, una imagen de una paz que ella juraría proteger con cada aliento que le quedara. No podía, no quería, estar en ningún otro lugar. Pero el mundo exterior, c
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