—Sergei, tengo la ubicación. Entra en la frecuencia de la villa y diles que si no abren el búnker en treinta segundos, Adrik volará los cimientos con ellos dentro. Aleksey está en código rojo. Se volvió hacia Alek, rompiendo su camisa con una eficiencia brutal. Al ver el torso de mi esposo, el aire se me escapó de los pulmones. No era solo una herida de bala. Tenía cicatrices recientes, quemaduras y un drenaje torácico que se había desplazado, provocando que la sangre brotara con cada uno de sus intentos agónicos por respirar. —¿Qué le pasó? —pregunté, con la voz quebrada mientras intentaba ayudar a Akin a sostenerlo—. ¿Por qué tiene tantas heridas? Sacó una aguja de descompresión, ignorando mis lágrimas. Sus manos, antes amenazantes, ahora se movían con una precisión gélida, casi mecánica. —Una explosión. Estuvo en coma, Vittoria. Un despertar prolongado, cirugías reconstructivas y un pulmón colapsado —explicó mientras clavaba la aguja entre las costillas de Aleksey. El siseo del
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