La mañana había llegado con esa claridad particular que solo Auckland sabía ofrecer, pero Emma Harrison no podía apreciar la belleza del día. Había pasado la noche despierta, las palabras de Igor resonando en su mente como un eco persistente: Sarah Martin no existe. Cada vez que cerraba los ojos, veía la expresión de pánico en el rostro de Sarah cuando recibió esa llamada misteriosa, la forma abrupta en que había abandonado el café, el sobre manila que cambió de manos con la precisión de una transacción clandestina.Leonardo dormía plácidamente en su moisés, ajeno a la tormenta que se gestaba en el mundo adulto que lo rodeaba. Emma lo observó, memorizando cada detalle de su rostro sereno, la forma en que sus pequeños puños se curvaban junto a sus mejillas. Si algo me pasa, pensó, al menos él estará seguro con J
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