El silencio del apartamento la envolvía como una manta húmeda mientras permanecía sentada en el borde de la cama, observando las sombras que la lámpara de la mesita proyectaba contra la pared. Las palabras del doctor Müller resonaban en su mente con una claridad que dolía: El padre debe firmar la autorización. Pero Liam no había podido. No legalmente. No importaba cuánto quisiera, cuánto se preocupara, cuánto la amara. En los papeles, para el sistema, para la ley, él no era nada.Nada.La palabra se clavó en su pecho como una astilla de hielo. Liam había estado ahí cada día, cada hora de vigilia desde que Leonardo había nacido. Había aprendido a cambiar pañales de bebés prematuros, había memorizado los horarios de medicación, había llorado cuando ella no podía. Era el padre en todo lo que importaba, except
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