El horizonte, una línea de acero azulado que separa la tierra del cielo, empieza a vibrar con una luz que no proviene de ninguna máquina. Es el alba, el primer amanecer real que el distrito norte presencia en décadas sin la mediación de los filtros de color de los sensores de búnker. Joseline se encuentra en la plataforma superior de la torre, donde el aire, limpio por primera vez, le roza la piel con una aspereza gélida que le recuerda su propia fragilidad. Ya no lleva la tiara. Los restos de aquel dispositivo, un amasijo de cables y cristal que fue la fuente de su poder y su condena, descansan sobre la mesa metálica, mudos. El silencio en el búnker no es vacío; es una presencia nueva, un pulso que late al ritmo natural del mundo exterior, sin el siseo constante de la sobrecarga de plasma.El comandante de la Tríada se acerca por detrás, con paso firme pero carente de la rigidez marcial de antaño. Se detiene a un metro de distancia, respetando el espacio de quien, hasta hace poco, er
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