CLa semana ocho del embarazo comenzó con una mancha de sangre en la ropa interior que Cassandra descubrió a las seis y doce minutos de la mañana. Durante tres segundos completos, su cerebro se negó a procesar lo que sus ojos veían con absoluta claridad: el color rojo oscuro contra la tela blanca, pequeño pero innegable, irrevocable en su significado potencial.El pánico llegó después, frío y visceral, recorriendo su columna vertebral como electricidad mal canalizada.—Sebastián.Su voz sonó extraña incluso para ella misma, demasiado aguda, demasiado tensa, desprovista de la compostura que había mantenido durante semanas de náuseas y vigilancia corporativa. Él apareció en el umbral del baño en cuestión de segundos, con el cabello revuelto por el sueño y los ojos inmediatamente alertas.—¿Qué p
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