Mariana CarbajalLos días transcurrieron en su ausencia y, con ellos, muchas cosas cambiaron. Salí del hospital mucho mejor, aunque mis padres seguían insistiendo en que me mudara de nuevo a casa. Me resistí. No quería sentirme vigilada todo el tiempo.Por ahora me había concedido una tregua en la lucha; aun así, la advertencia de mi tío Gregory seguía pesando en mi memoria.—Mariana, entiendo esa necesidad tuya de demostrarte que puedes sola —dice—, pero también debes aprender a detenerte a tiempo.No respondo. Clavo la mirada en un punto indefinido de la pared, aferrándome al silencio.—Eres joven y crees que las mismas reglas no aplican para ti, pero ponerte en riesgo… —hace una pausa, como si buscara las palabras adecuadas—. No quiero que algo malo te suceda. Seguí tus indicaciones y mantuve en secreto tu diagnóstico frente a tus padres, pero si insistes en continuar por ese camino, no me dejas demasiadas alternativas.Sus palabras no me sorprenden, pero aun así me atraviesan. Sie
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