Mariana Carbajal
Amanece sin permiso.
La luz entra por la ventana y no trae alivio, solo claridad. El dolor sigue ahí, más ordenado, más frío. Me incorporo despacio. El cuerpo pesa como si hubiera llorado durante años, no horas.
Todo está en silencio. Ningún mensaje. Ninguna llamada.
—Así es como se sigue —murmuro—. Respirando, aunque no quieras.
Me preparo café. Lo dejo enfriar sin probarlo. Miro la ciudad desde la ventana y entiendo algo con una calma que asusta: Esto ya no va a doler como ay