Todos estaban comiendo mientras Maikol contaba chistes, gesticulando con entusiasmo y provocando carcajadas en la mesa. Kaito, en cambio, aprovechaba los silencios para compartir anécdotas de su vida en Japón, sobre todo los sabores que más extrañaba de casa.Los platos pasaban de mano en mano, el arroz humeaba, y el pescado frito desaparecía rápido.—Noah, ¿me pasas la salsa? —pidió Emma, estirando su mano. Noah rodó los ojos, su plato estaba vacío y el estómago lleno. —¿Cuál de tantas? —inquirió. —La de tomate. —Sí, fastidiosa. Le encantaba molestar a Emma porque ella siempre respondía con una patada por debajo de la mesa. Esta vez no fue la excepción, Emma le dio el golpe justo cuando le pasaba la salsa que había pedido.Nicole, en cambio, ya llevaba su cuarta copa de vino. Tenía las mejillas rojas, y la mirada perdida. Seguía pensando en Bruno. Ese hombre no salía de su cabeza, como una canción maldita que se repetía sin pausa. Se levantó. —Voy al baño —avisó. Caminaba co
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