Antes de que pudiera decir algo más, Nate me envolvió en un abrazo apretado, levantándome ligeramente del suelo mientras celebraba mi respuesta. Sentí sus brazos fuertes alrededor de mi cintura, su risa vibrando contra mi pecho de una forma que me hizo derretir completamente.—Ya tenía preparado mentalmente todo un discurso de convencimiento —dijo contra mi oído, su voz llena de alivio y felicidad—. Argumentos lógicos sobre la practicidad financiera, apelaciones emocionales sobre lo maravilloso que sería despertar juntos todos los días, tal vez hasta una presentación con gráficos mostrando el porcentaje de felicidad aumentado.Reí fuerte, imaginando a Nate siendo el ejecutivo meticuloso que era, creando diapositivas detalladas sobre los beneficios estadísticos de vivir juntos, completo con proyecciones de crecimiento de nuestra felicidad conyugal.—No me extrañaría nada —respondí, todavía en sus brazos, disfrutando la sensación de seguridad que siempre me brindaba—. Y como sé que no
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