El jet privado, ahora una herramienta más de la «transparencia operativa» (su uso y coste serían detallados en el próximo informe de los Cartógrafos), atravesó los cielos grises hacia los Alpes suizos. A bordo, además de Clara, Gabriel y Samuel, viajaba un nuevo miembro: la Dra. Anya Petrova, una biofísica rusa especializada en acústica de fluidos corporales, reclutada urgentemente por Samuel para dar sentido a los oscuros datos del proyecto «Lymph-Sinfonie».—La teoría era marginal, pero no descabellada —explicaba Anya, sus ojos brillando con la luz de su tablet—. Los fluidos internos, la sangre, la linfa, el líquido cefalorraquídeo, tienen propiedades de resonancia. Ciertas frecuencias podrían, en teoría, afectar su viscosidad, su flujo, incluso la liberación de hormonas o neurotransmisores. El Dr. Vogel buscaba aplicaciones médicas: disolver coágulos con sonido, modular el sistema inmune… pero sus experimentos en los años 90 fueron desastrosos. Indujeron ataques epilépticos, fallos
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