Sin esperar a que su padre terminara, Gabriel colgó y caminó a paso rápido hacia el ascensor.***En su estudio, Ricardo Solís miró el teléfono con la llamada terminada y sonrió como un viejo zorro. Aunque la voz de su hijo había sonado tranquila, percibió la tormenta de emociones que había detrás.Como padre, conocía bien a su hijo. Suspiró. Ojalá todavía tuviera una oportunidad.***Regina estaba atrapada en una pesadilla angustiante cuando el sonido insistente del timbre la despertó. Se sentó en la cama, empapada en sudor.Encendió la luz y se llevó una mano al pecho, tratando de calmar los latidos desbocados de su corazón. El timbre seguía sonando, una y otra vez, agudo y molesto.Miró la hora en su celular: la una de la madrugada. ¿Qué loco venía a molestarla a estas horas?Aunque, en el fondo, ya se imaginaba quién podía ser. Se puso las pantuflas y, con una mano en la cabeza adolorida, caminó hasta la entrada. Miró por la mirilla y, como sospechaba, era Gabriel.Estaba fastidia
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