El sol de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de terciopelo de la habitación, dibujando líneas de polvo dorado que danzaban en el aire. Emma abrió los ojos con una sacudida, el corazón galopándole en las costillas como un animal atrapado. El sudor frío empapaba su nuca y una sensación de irrealidad la envolvía, como si acabara de emerger de un océano profundo y oscuro.Se incorporó bruscamente, mirando a su alrededor con ojos desorbitados. Las paredes de la mansión White, con sus molduras neoclásicas y sus cuadros de antepasados severos, le resultaban familiares, pero extrañamente hostiles.—¿Emma? ¿Qué sucede, mi vida? —La voz de Roderick, suave y cálida, llegó desde el otro lado de la cama.Ella saltó, envolviéndose en las sábanas como si fueran una armadura. Su respiración era errática, sus ojos buscaban una salida.—¿Qué hacemos aquí, Roderick? ¿Por qué estoy en esta habitación? ¡Tengo que salir! —gritó, intentando levantarse, pero sus piernas se sentían pesadas, como s
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