Mi cuerpo se tensó al instante y, entonces, escuché la voz amable de Alfredo, quien alzó un poco la voz, como si estuviera recordándonos que la señorita Renata había regresado.
—Ay, señorita Renata, vaya despacio, no se vaya a caer, déjeme llevar eso.
—No hace falta, lo que mi Ricardo va a comer, lo llevo yo. Tú encárgate de lo tuyo.
Apenas terminó de hablar, entró con un plato en las manos, lleno de carne asada humeante, con un aspecto delicioso. Alfredo venía detrás de ella, con una botella de