Le lancé una mirada fulminante a Waylon y le dije:—¿Y acaso no es verdad? Te gusta divertirte y no sabes controlar esa boca tuya, así que no me extraña que estés tan aburrido.Waylon se rio, se recostó en el sofá, cruzó las piernas con desgana y fumó con evidente fastidio. Yo no pude evitar mirarlo con cierta diversión, porque era la pura verdad: a ese hombre le encantaba jugar y, encima, no controlaba esa lengua suya, por lo que si seguía así, nadie iba a querer jugar con él. Solo Henry, con lo ingenuo que era, podía soportarlo. Mateo seguía con esa expresión seria tan suya, y yo sabía qué era lo que le preocupaba, así que me puse de puntillas y le susurré al oído:—No te enojes. Solo es impertinente, pero no va a hacerme nada. Además, ¿ya olvidaste que su corazón todavía late por Sofía?Cuando nos vio hablar en voz baja, Waylon ya se había puesto furioso, pero hizo un esfuerzo por contenerse y no dijo nada. Sin embargo, Mateo apretó los labios y también se inclinó hacia mi oído par
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