Le lancé una mirada fulminante a Waylon y le dije:
—¿Y acaso no es verdad? Te gusta divertirte y no sabes controlar esa boca tuya, así que no me extraña que estés tan aburrido.
Waylon se rio, se recostó en el sofá, cruzó las piernas con desgana y fumó con evidente fastidio. Yo no pude evitar mirarlo con cierta diversión, porque era la pura verdad: a ese hombre le encantaba jugar y, encima, no controlaba esa lengua suya, por lo que si seguía así, nadie iba a querer jugar con él. Solo Henry, con l