Aunque a veces teníamos momentos íntimos a escondidas en el baño del castillo de Darío, la sensación era por completo diferente. Allí, incluso en la intimidad, siempre había una parte de actuación, porque temíamos que el señor Felipe, ese viejo astuto, pudiera percibir algo extraño. Además, como sabía que podía haber micrófonos, cada vez que estaba con Mateo me sentía incómoda y tensa… y era fácil distraerme. Pero aquí era diferente; en ese lugar que parecía solo de nosotros dos, lo único que quería era perderme con él por completo.—Vamos, duerme —me dijo Mateo, sonriente, mientras me pellizcaba suavemente la mejilla.Se inclinó para acostarse, pero de repente, un impulso me atravesó el pecho y lo abracé por la cintura. Se quedó sorprendido y me miró, sonriente.—¿Qué pasa? —preguntó.No dije nada; sentía el calor subir a las mejillas.Qué hombre… cuando debía ser un poco salvaje, resultaba que se comportaba con tanta corrección. ¿Y cómo se suponía que le iba a decir, así tan serio, q
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