—Ya llegaron —dijo Ricardo, sonriente y amigable—. El altillo ya está limpio. Solo sigue al mayordomo y listo.Asentí y le respondí:—Muchas gracias, señor Torres.Enseguida, la señorita Renata me miró por encima del hombro, riéndose con burla:—Acuérdate bien: ese altillo lo mandé a construir yo. Si no fuera porque Ricardo dijo que dabas lástima, y que esos guardaespaldas te molestaban seguido, yo jamás habría dejado que una persona tan baja como tú se metiera ahí.—Sí, sí, sí… —asentí con una sonrisa forzada—, gracias, señorita Renata. Usted, igual que el señor Felipe, es de las mejores personas de esta finca.Con asco, la señorita Renata blanqueó los ojos.—Si no tienes nada que hacer, quédate metida en el altillo y no andes rondando por ahí. Ver basura me arruina el día."Darío" se molestó y estuvo a punto de dar un paso al frente, pero yo le agarré la muñeca y me incliné rápido ante la señorita Renata:—Sí, sí, sí. Cuando me instale, no voy a salir y no le voy a estorbar la vista
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