No hizo falta que dijera nada más; de inmediato, sus besos volvieron a llover sobre mí, uno tras otro, llenos de un amor intenso. Esa fue su respuesta.
La noche fue alargándose; en la habitación solo quedaron nuestras respiraciones y los murmullos entre nosotros. No había cámaras observando ni planes secretos, solo dos corazones latiendo acompasados, mientras nos susurrábamos todo ese amor que llevaba demasiado tiempo contenido.
No supe en qué momento el cansancio empezó a vencerme.
Mateo acomod