EdwardSiena tenía esa manera cruel de parecer en calma cuando todo estaba a punto de estallar.El sol de la tarde bañaba las fachadas antiguas mientras cruzaba la plaza rumbo al despacho legal. Cada paso resonaba con una certeza incómoda: lo que Fiona había puesto sobre la mesa no era una amenaza aislada, era una bomba colocada bajo los cimientos de mi familia.Grace había cargado sola con eso durante horas.Y no debía haber sido así.Entré a la sala de juntas sin detenerme a observar. No necesitaba rituales. Necesitaba soluciones.Claudia Ventresca ya estaba sentada, con su tableta abierta. Marco Bellini permanecía de pie junto a la ventana, brazos cruzados, gesto severo. Lorenzo De Santis hojeaba una carpeta gruesa, como si intuyera lo que estaba por venir.Tomé la cabecera.—Lo que voy a decirles no ha salido a la luz —comencé—. Y si hacemos bien nuestro trabajo, jamás lo hará.El silencio fue inmediato.—Ayer por la tarde —continué—, Fiona McAllister se reunió con mi esposa. No f
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