El viaje de regreso al refugio fue silencioso, pero no incómodo. Cada uno estaba inmerso en sus pensamientos, procesando la información que Gabriel había compartido. Yo repasaba mentalmente las rutas y nombres que habíamos visto, tratando de anticipar los próximos movimientos de los Cuervos y los polacos. Alonzo, sentado junto a mí, mantenía su mirada fija en la ventana, aunque su postura delataba la tensión en su cuerpo.Cuando llegamos, las luces del refugio brillaban tenuemente en la distancia. Era una casa modesta, lejos del lujo que me rodeaba en La Fortaleza, pero lo suficientemente segura y discreta para nuestras necesidades. Alonzo fue el primero en bajar del auto, y yo lo seguí, ajustando el abrigo que llevaba.Dentro, la sala principal se había convertido en un centro de operaciones improvisado. Mapas, teléfonos y computadoras llenaban la mesa central. Vicente, quien había llegado antes que nosotros, levantó la mirada cuando entramos.—¿Qué averiguaron? —preguntó, y su tono
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