—¿Qué es este lugar de mierda? —gruñó Haniel levantándose con esfuerzo, sacudiéndose el polvo del abrigo como si el simple contacto con el suelo lo ofendiera—. ¡Cállate, maldito perro!Peter, que hasta entonces no había dejado de ladrar, mostró los dientes. El pelaje erizado, el gruñido bajo y constante vibrándole en el pecho, como un aviso que no estaba dispuesto a repetir dos veces.—¿Quieres morderme, pulgoso? —bufó Haniel con una mueca de indignación—. ¿No recuerdas quién te rescató, saco de huesos ingrato?—No lo volveré a hacer nunca más… —gimió George, aún desparramado en el suelo, con la túnica torcida y el cabello cubriéndole media cara—. Eso fue horrible, la magia demoníaca es espantosa. No volveré a tocarla nunca más. Oficialmente soy un hechicero blanco.—¡Levántate, hechicero de cuarta! —gruñó Haniel, pateándole apenas el pie—. ¿Dónde carajos nos trajiste?—Cambio de parecer… —murmuró George, girándose boca arriba con dramatismo—. Usaré la magia demoníaca una vez más para
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