El trámite del alta médica transcurrió entre las firmas rutinarias del personal de enfermería y la obstinada negativa de Cameron a utilizar la silla de ruedas que el hospital insistía en proporcionarle. Con el brazo derecho inmovilizado bajo un discreto cabestrillo y la rigidez de una contusión que intentaba disimular con una postura impecable, el poderoso CEO caminaba por los pasillos del centro médico con la misma elegancia imponente de siempre. Sin embargo, en esta ocasión, la tensión fría que solía definir su semblante había sido reemplazada por una calma distinta, un brillo cálido y persistente que se posaba en mí cada vez que nuestras miradas se cruzaban.Había tomado las llaves de su coche deportivo negro por iniciativa propia, obligándolo a aceptar que, al menos por ese día, la única al mando detrás del volante sería yo. El trayecto hasta su residencia privada se desarrolló entre bromas ligeras, los reproches de mi parte por su imprudencia laboral y la risa baja de Cameron, que
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