Narrado por Mía Stiller*
Abrí los ojos con una lentitud exasperante, sintiendo cómo cada pestaña me pesaba una tonelada. El dolor de cabeza que me recibió era simplemente terrible, una presión opresiva y punzante que parecía querer partirme el cráneo en dos. Con la vista borrosa, lo primero que logré distinguir fue que me encontraba en una habitación sumamente iluminada, completamente rodeada de cables, vías intravenosas y monitores que emitían un pitido constante. Agobiada por la sensación de e