Los primeros rayos de sol de la mañana se filtraban con pereza a través de los enormes ventanales del dormitorio principal, iluminando las motas de polvo que danzaban en el aire cálido y el desorden sutil de las sábanas de lino que nos cubrían a medias. Me desperté lentamente, arrastrada hacia la superficie por una sensación profunda de paz y un cansancio delicioso que parecía impregnar cada fibra de mis músculos.
Al intentar moverme para estirar los brazos, un dolor sordo y placentero me recorr