4. “Una nueva vida”

Narra Ximena

Mi nombre es Layla Morgan, mi nombre es Layla Morgan, mi nombre es Layla Morgan… repito una y otra vez en mi mente, aquella pequeña oración, para terminar por convencerme de que, a partir de este momento, no era más Ximena Sarillana; Ximena, la directora de la agencia de autos, había quedado en mi pequeño departamento, mientras que Layla Morgan esperaba a que el ascensor terminara de descender hasta el piso uno, donde me esperarían los dos guaruras de mi nueva amiga.

Me sentía nerviosa, ansiosa y a la vez, emocionada, eran muchas emociones juntas, joder. ¿Esto iba a salir bien? ¿Nadie se daría cuenta de este enorme engaño? Resoplo con pesadez en cuanto aquellas puertas terminan por abrirse sin saber con exactitud qué me iba a encontrar ahí afuera.

Mi corazón late desenfrenado, mis manos se encuentran sudorosas, pues a pesar de que Layla y yo somos idénticas, aún temía que esos guardaespaldas me pusieran contra la pared y me esposaran para llevarme a prisión, por suplantar una identidad.

Trato de caminar con seguridad hacia donde están ellos, los cuales se enderezan de inmediato al mirarme.

—Oswald, Derek, ya estoy lista. Podemos ir a casa —mando al pasar frente a ellos.

En cuanto llego al auto, trato de abrir la puerta trasera, cosa que uno de ellos evita al detenerse frente a mí. Quiero patearme, quiero jalarme el pelo y golpear mi cabeza contra el auto, joder, estaba comenzando y ya estaba cometiendo el primer error. ¡Estaba claro que la pequeña Layla ni siquiera era capaz de abrir una jodida puerta!

—Señorita, yo lo hago por usted.

—Claro —digo al asentir—, Derek.

—Soy Oswald.

—¡Oswald! ¡Claro! —exclamo al terminar por entrar al auto, antes de decir otra animalada y acabar por cagarla.

Ambos hombres van al frente, hablando entre sí sin prestarme mayor atención. No sabía exactamente cuál era el trabajo de un guardaespaldas, pero, casi podía asegurar que uno de ellos era no meterse en lo que no les importa, tal vez esa era la razón por la que ni siquiera volteaban a mirarme, justo ahora para ellos era casi invisible. Esa idea me hace relajar de inmediato.

—Patricia —dice uno en voz alta al mirarme por primera vez a través del espejo retrovisor.

Levanto una ceja al no comprender a qué se refiere con ello, el alto hombre solo se limita a sonreír.

—Su madre se llama Patricia, y su padre Jeremy, no vaya a olvidarlo, de lo contrario, la echarán de la casa durante el próximo minuto.

Los miro con incredulidad mientras un par de enormes puertas de un portón dorado, comienzan a abrirse. Casi podía decir que mi mandíbula había caído al suelo, aquellos hombres conocían mi secreto… joder, ¡Ellos lo sabían desde un inicio! Ambos ríen sin parar, a la vez de que me lanzan una mirada cargada de complicidad.

—¿Co-cómo lo saben?

—Es nuestro trabajo saber todo sobre los sitios que frecuenta la señorita Morgan —dice el que conduce al guiñarme un ojo—, ¿cree que no íbamos a investigarla, señorita Ximena Sarillana?

Casi soy capaz de sentir que se me cae la cara de vergüenza, sonrío con timidez, a la vez de que muerdo el interior de mi mejilla al no saber qué decir.

—No se preocupe —alarga su compañero, el que creía que era Derek—. No vamos a decir nada, tal parece que la señorita Morgan necesitaba un descanso de toda la vida que lleva aquí dentro —él sonríe, volteándose por completo en su asiento para mirarme detenidamente—, y en realidad, sí soy Derek, le dije que era Oswald para probarla, falló en la primera prueba.

Tallo mi rostro con ambas manos mientras niego con la cabeza.

—Ni siquiera sé por qué decidí seguirle el juego a Layla, está claro que voy a ser un desastre.

—Alabe a su madre, llegue puntual a todas sus citas, e insista en querer ir de compras cuatro veces por semana. No sospecharán.

—¿Layla hace todo eso?

—Me temo que no tiene otra opción —comenta esta vez, el verdadero Oswald—, es por eso que ambos decidimos guardar su secreto desde el primer día. Ella necesita vacaciones.

Se detienen frente a una enorme puerta de mármol. Me quedo mirando todo a través de la ventana, enormes jardines que casi parecían laberintos, rodeaban aquella enorme casa blanca que estaba frente a mí. En serio que Layla casi vivía en un palacio, ¿Cómo sería mi habitación? ¿Qué iba a comer? Tantas preguntas inundaban mi mente, que casi sentía que me iba a explotar.

La ansiedad comenzaba a hacerme mover los pies con impaciencia, necesitaba recorrer todo ese lugar, quería conocer la vida de las personas ricas de la ciudad, anhelaba poder sentirme como una de ellos aunque sea por un breve instante.

Trato de abrir la puerta del auto en cuanto Oswald lo apaga, pero, Derek me detiene otra vez.

—La señorita Morgan jamás abre la puerta, ella se espera hasta que Oswald o yo, podamos ayudarle.

—Gracias por el tip —digo al asentir.

Camino delante de los chicos en dirección de la puerta, mi corazón palpita con fuerza y mis manos tiemblan ligeramente ante el miedo que me invade al no saber con qué voy a encontrarme al atravesar aquella puerta. Justo cuando pusiera un pie dentro, es cuando comenzaría mi nueva vida… al menos la que sería por un par de semanas.

Limpio las palmas de mis manos con la tela de mis pantalones de vestir, Derek pasa a un lado, para así abrir la puerta por mí. En cuanto estoy dentro, comienzo a escuchar voces de inmediato.

—¿Layla? ¿Ya estás en casa?

Miro a los guaruras, Oswald dibuja con sus labios la palabra: “madre”

—Sí, madre, ya he llegado.

La elegante mujer sale de una puerta ubicada a un costado de las enormes escaleras que llevan a un segundo piso, sus tacones resuenan contra el fino piso, lo que de inmediato me provoca un horrible dolor de pies, ¿acaso aquí debía de usar tacones hasta el minuto es que me fuese a dormir?

Su mirada recorre mi cuerpo de arriba abajo, deteniéndose en mi rostro, con un leve movimiento de cabeza, me indica que estoy desaprobada, a la vez de que hace una mueca con sus labios.

—¡Enderézate, niña! ¿Qué no ves que se te formará una joroba si continúas bajando los hombros?

Su potente voz me provoca dar un pequeño respingo, a la vez de que obedezco enseguida mientras asiento con la cabeza. Mi corazón late tan fuerte, que casi podía sentirlo fuera de mi pecho. Aquella mujer no deja de observarme, su escrutinio era tan profundo, que incluso casi me hacía sentir desnuda.

—Muy mal, Layla. ¿Con qué tipo de amistades te estás juntando? ¡casi pareces una vagabunda! Ve a dormir, que mañana temprano vendrán a arreglarte, Kyle ha llamado, ya regresó de su viaje a Australia y quiere verte mañana a la hora del almuerzo, así que más te vale que colabores y seas una buena niña.

—Como usted diga, madre —murmuro al comenzar a caminar hacia las escaleras, trago saliva, tratando de controlar el temblor de mis extremidades a la vez de que trato de adivinar cuál de todas aquellas puertas era mi habitación.

Estar en ese lugar, me hizo ver que en realidad me hizo falta mucho más qué aprender, carajo, no llevaba ni treinta minutos y ya quería regresar a la seguridad de mi pequeño departamento. ¿Qué tipo de vida llevaba Layla? Mejor aún, ¿Quién carajos era Kyle? ¿algún socio?

—Señorita, la tercera puerta —miro sobre mi hombro, Derek está en la cima de las escaleras, dedicándose a mirarme con preocupación—, ¿está bien?

Asiento hacia él, a la vez de que aspiro con lentitud.

—Espero estarlo.

—No se sienta intimidada, recuerde que, en el fondo, usted no es Layla —susurra para que nadie pueda escucharlo.

Sonrío en respuesta, comenzando a sentirme llena de gratitud al tenerlos a ellos dos, el hecho de que supieran mi secreto, me ayudaría a acomodarme a aquella vida.

—¿Quién es Kyle? —pregunto al recordar aquel nombre otra vez.

Sus ojos se agrandan mientras niega con la cabeza a la vez de que trata de ocultar una sonrisa con la palma de su mano.

—¿Acaso no lo sabe? ¿ella no se lo dijo?

—Es la primera vez que escucho ese nombre.

—Es su prometido, tal vez le sirva ese dato —dice antes de girarse para comenzar a bajar las escaleras.

 Me quedo perpleja, incapaz de mover un solo músculo a la vez de que trato de ingerir aquella información. Layla no mencionó tener algún novio, mucho menos un prometido, y se lo pregunté como en dos ocasiones… ¡esa perra me había engañado!

Me giro para entrar a la que iba a ser mi habitación, conteniendo el grito de rabia que se forma en mi garganta. Cierro con seguro tras de mí a la vez de que corro hacia la enorme cama en medio de la habitación, sin siquiera detenerme a presenciar los detalles. Me tiro de panza, aplastando mi rostro con una almohada donde comienzo a gritar para tratar de sacar la cólera que me ha invadido.

—¡Con un demonio, Layla Morgan! —grito contra la almohada—, ¡vas a pagarme esta, pequeña bruja!

Joder, joder, ¡joder!

¡Maldita sea!

Tenía un prometido… ¿Qué mierdas iba a ser con un prometido? ¿acaso me iba a besar? ¿iba a tratar de tocarme y de acostarse conmigo? ¿Cómo carajos iba hacer para rechazarlo sin levantar sospechas? ¡esa estúpida debió de haberme dicho ese enorme detalle!

Giro en la cama, buscando el móvil en la bolsa del enorme abrigo que traía puesto. Sin dudar, busco su número y le marco.

¿Hola?

—Quiero mi vida de vuelta —suelto de inmediato, ignorando su tono de voz soñolienta.

Hicimos un trato, eso no va a ocurrir.

—¡Me engañaste, Layla! —hablo en voz baja, para que nadie más pueda escucharme.

Claro que no.

—¿Ignorar el pequeño detalle de contarme acerca de tu prometido?

¡Ah! ¡Eso! —dice con normalidad—, no te engañé, solo lo omití.

—Te odio, te odio, te odio, Layla Morgan. Te presté mi vida, fui sincera contigo y tú me pagas con esto.

Lágrimas de rabia mojan mis mejillas, rabia que solo me hace desear tenerla al frente para estropear su bonita cara.

No exageres, Ximena. Kyle es un buen tipo, hará que te diviertas. Ahora me voy, que tengo que dormir —se despide, para luego terminar con la llamada.

Me quedo perpleja, mirando el fino candelabro que cuelga del techo. Joder, todo aquello casi parecía un sueño, uno del cual debía de despertar pronto o acabaría por volverme loca.

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