3. “El plan”

El ambiente en el bar, está bien. Es alegre, hay risas por doquier, y lo mejor de todo, tragos gratis a causas de los pobres tipos que por lo general tratan de conquistarme. ¿Qué podía decir? Había sido bendecida con cada uno de mis atributos, desde mi rostro, cabello, hasta mi cuerpo y mi altura. No tenía nada que envidiarle a ninguna mujer… bueno, al menos envidiaba la riqueza de Layla, esa niña que conocí en el parque, mi gemela perdida en el mundo.

—¡Ximena! —me estremezco al ver los dedos de mi amigo Drake al moverse frente a mi rostro—, ¿Qué pasa, bruja? Hoy estás mucho más distraída de lo normal —él ladea la cabeza, dedicándose a observarme con curiosidad, mientras que yo tuerzo una sonrisa—, ¿acaso estás escribiendo una nueva novela en tu cabecita?

—¡Cállate, Drake! —lo regaño al empujarlo levemente con mi hombro—, ¿Qué necesidad de andar diciendo eso en voz alta?

—Porque me gusta molestarte, ¿no es obvio? —dice el pelirrojo al echarse a reír—, ¿Qué pasa, jefecita? Sabes que te conozco mejor que nadie, por lo que sé que justo ahora algo te estará molestando.

—No es nada —respondo al tratar de concentrarme otra vez en mi botella de cerveza—, es solo que, algunas veces suelo pensar en cosas sin sentido —lo miro detalladamente, los ojos azules de Drake, me escanean con curiosidad, como si no entendiera nada de lo que trato de decirle—, ¿nunca has deseado tener otra vida? —pregunto de repente.

Él se echa a reír, a la vez de que asiente con la cabeza sin dudar.

—Por supuesto, envidio tanto la vida de Cristian Gray.

—¿Cristian Gray?

—¡Claro! —dice al aplaudir una vez—, es un tipo rico, guapo, con un cuarto de juegos que ufff, ¡cómo me gustaría tener un cuarto de ese tipo!

Suelto una carcajada, mientras llevo la botella de cerveza hasta mis labios.

—Pero tú eres guapo.

—Sip, lo sé —repone con ironía—, solo me falta ser rico y tener un cuarto de juegos.

—Es un personaje ficticio, tú eres real.

—¿Y?

—Déjame entender —farfullo al ladear la cabeza—, si tuvieras la oportunidad de cambiar de lugar con Cristian Gray, ¿lo harías?

—¡Por supuesto! Lo haría con los ojos cerrados —musita al asentir—. ¿Por qué lo preguntas, bonita?

—Solo es curiosidad, nada más —me limito a decir al encogerme de hombros.

Y sí, probablemente aceptar la propuesta de Layla, no se sentía tan descabellado ahora, sería como tomar un par de semanas de vacaciones antes de volver a mi ajetreada vida, tal vez incluso podría hacer un viaje pequeño. ¡Finlandia! ¡Dios mío! Tal vez podría cumplir mi sueño de conocer la aldea de Santa en Finlandia.

¡Aaaaah! Casi que me encontraba gritando por dentro.

Levanto mi botella de cerveza para brindar con mi mejor amigo, quien pega la suya con la mía de inmediato.

—¡Por las vidas que anhelamos tener! —exclamo.

—¡Por esas grandes vidas! —dice él en respuesta.

(…)

Ella dijo que, si estaba de acuerdo, que nos encontráramos el martes en el mismo sitio en el parque, y aquí estaba, esperando por su llegada. Me siento en la misma banquita en la que estuvimos hablando el viernes, muevo mis manos para tratar de entrar en calor, estala helando aquí afuera, por lo que, casi que ni debía de haber salido de mi departamento.

Veinte minutos y ella no llegaba, lo que comenzaba a hartarme. Me levanto y comienzo a pegar pequeños saltitos, tratando de entrar en calor. Joder, ¿acaso era ella quien se había arrepentido y ahora era yo la loca que aún la esperaba?

Gruño mientras meto mis manos dentro de los bolsillos de mi abrigo a la vez de que comienzo a alejarme de ahí.

—¡Ya estoy aquí! —me volteo en cuanto escucho su voz, ella prácticamente corre hacia mí, dedicándose a ver a cada cierto tiempo hacia atrás, tal y como si viniera escapando de alguien más—, ven, ven, ven —me llama con desesperación, a la vez de que se oculta tras unos árboles.

—¿Qué carajos? ¿acaso viene siguiéndote un violador en serie? —pregunto al mirarla con el ceño fruncido.

—Son mis guardaespaldas, debí de escaparme de ellos para poder venir a verte.

—¿Dónde creen que estás?

—En el baño del café al otro lado del parque —susurra al jalarme para que me agache, ella sonríe, a la vez de que me mira de arriba abajo—. Si estás aquí, supongo que es porque has aceptado mi propuesta.

—Solo serán unas semanas —me apresuro a decir—, y tengo algunos términos en cuanto a ello.

—Los que quieras —dice, a la vez de que trata de ocultar un grito de felicidad con sus manos—, tú dime que yo lo hago.

—Quiero ir a Finlandia, a la aldea de Santa —suelto con gran ilusión.

La chica me mira con expectación, a la vez de que asiente con la cabeza.

—¿Es solo eso?

—Eeeeh, ¿Sí? —digo al rascar mi cabeza con incomodidad—, la verdad es que no se me ocurre nada más justo ahora, si pienso en algo, luego te lo haré saber.

—Sí, supongo que puedes ir a Finlandia —arguye al sonreír—, tan solo tienes que saber que no van a dejarte ir sola, tendrás que ser acompañada al menos por un guardaespaldas.

—¡Qué más da!

—De acuerdo, nos tomaremos una semana, te visitaré todos los días para que me enseñes a ser como tú.

—Después de las siete de la noche, Layla. Sabes que trabajo.

—¿Y dejas de trabajar hasta esa hora? —pregunta horrorizada, lo que me hace contener una carcajada. Tal parecía que la princesa no estaba acostumbrada a largas jornadas laborales.

—Bienvenida a la vida de clase media… al menos que quieras arrepentirte justo ahora. Aún estás a tiempo, Layla.

—No —dice enseguida al negar—, buscaré la manera de ir a verte cada noche —la observo sacar su móvil, me lo pasa y señala la pantalla—, tu número, por favor.

—Por supuesto.

—Bien, ahora debo de irme, de lo contrario, conseguiré que incluso el ejército venga a buscarme —farfulle al poner los ojos en blanco, a la vez de que toma el teléfono para ponerse de pie—. Te llamaré, Ximena, nos veremos en menos de lo que piensas.

(…)

Narra Layla

Por suerte los guardaespaldas permanecían en el mismo sitio donde los dejé: en las afueras del baño. No había sido tan difícil salir y entrar por la ventana después de todo. En cuanto salgo para encontrarme con ellos, ambos me observan con expresión dudosa.

—¿Qué? Me dolía mucho el estómago —digo al encogerme de hombros—, pero ya me siento mejor, ya podemos irnos.

Comienzo a caminar a unos metros delante de ellos, sonriendo sin parar, a la vez de que comienzo a sentir pena por Ximena. Ella parecía ser una buena chica, una que quería cumplir su sueño de ir a Finlandia, sin saber nada sobre el infierno al que estaría entrando. Esa pobre chica no estaba ni cerca de imaginar todo a lo que estaba a punto de entrar: una madre horrible que siempre estaría ahí para decirle qué hacer, además de muchas responsabilidades que probablemente terminarían por volverla loca al no saber qué hacer. Me encojo de hombros, restándole importancia, era justo que me divirtiera un poco después de aguantar tanto en esa vida que exigía de todo.

Inhalo y exhalo con lentitud, no debía de sentirme mal, le estaría regalando un viaje, a cambio de que me preste su vida unas cuantas semanas, necesitaba descansar, alejarme del ogro de mi madre y su perfección. Debía de tomarme un respiro antes de terminar atada a la vida de un hombre que estaba lejos de amar.

Me acomodo en el asiento trasero del auto y pego mi cabeza contra la ventana, cierro mis ojos y me relajo, sintiéndome cada vez más cerca de mi libertad.

(…)

Los siguientes días debo de decirle a mi madre que iba a ver a una amiga, en todo instante tuve que salir acompañada por mis guaruras, quienes se quedaban fuera del edificio en el que vivía aquella chica, hasta que yo saliera unas cuantas horas más tarde.

Ximena vivía en un departamento casi más pequeño que mi habitación, al ver aquel lugar, supuse que iba a extrañar ciertas comodidades a las que estaba acostumbrada, pero, ya no había marcha atrás, sería un sacrificio que tomaría con tal de saber qué se sentía hacer lo que yo quisiera, sin tener la necesidad de pedir permiso, así tuviera que aguantar un lugar sucio y maloliente como este.

Ximena tenía una vida bastante sencilla y simple, no había mucho que aprender, tenía a cargo una agencia de autos bastante importante, Drake era su mejor amigo, quien conocía casi de toda su vida, hasta su pequeño secreto de que, durante las noches, se convertía en una escritora famosa. Revisé su ropa y accesorios, dándome cuenta que, probablemente debía de cambiar ciertas prendas de ropa de aquel lugar, pues en él había buzos y camisetas enormes las cuales probablemente jamás me pondría, ni siquiera para estar en casa.

En ese instante me hice una rápida nota mental: traer algo de dinero para cambiar ciertas cosas en ese lugar.

—Te lo advierto —me dice al detenerse frente a mí.

Dejo de tocar la tela de un horrible vestido amarillo, para observarla, la pelinegra me mira con el ceño fruncido, mientras coloca sus manos en forma de jarra.

—Te prohíbo que cambies algo de mi departamento.

Parpadeo en varias ocasiones, a la vez de que sonrío.

—¿Queeeeeé? ¿Cómo crees que sería capaz de cambiar algo de aquí?

—Puedo verlo en tu mirada, Layla —indica al cruzar sus brazos a la altura de su pecho—, puedo notar cómo ves mis cosas con asco.

Pongo los ojos en blanco, mientras le paso, por un lado.

—No digas estupideces, la idea es vivir como tú, ¿no?

—Ajá —farfulle al ladear la cabeza—, bueno, sé que eres la directora del banco, tocas el piano y el violín, por lo que veo que tendré que lastimarme los dedos para que no se les ocurra ponerme a tocar —asiento con la cabeza, dándole la razón—, tu madre es una perra que controla tu vida, ¿algo más que deba saber?

Dudo por un instante si decirle o no sobre mi compromiso con Kyle, pero, si se lo decía, probablemente ella iba a echarse para atrás, y esa no era la idea, así que al final, decido que lo mejor es ignorar ese importante punto en mi vida, mejor que se llevara la sorpresa después y lo resolviera a su antojo, de todas formas, Ximena era tan corriente, al punto de saber que no corría un gran peligro al darle mi vida unos días.

—Nop. Eso es todo —digo sin dudar—, mi padre está de viaje, pueda que regrese en unos días, pero no te preocupes, no le interesa saber nada de sus negocios así que no creo que te pregunte.

—Veré si puedo lograr ser la niña sumisa que eres, pero no prometo nada.

—¡Ya que! —exclamo al caminar hacia la puerta—, entonces, nuestra última cita es mañana, donde haremos el cambio.

Ella sonríe con emoción mientras asiente con la cabeza.

—Nos vemos mañana, Layla.

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