La secretaria del señor Harper
—Dígame un precio… —Le miré con las cejas fruncidas al no comprender a qué se estaba refiriendo, el señor Harper mordió la punta de su bolígrafo, para acto seguido colocarse en pie y retirar los primeros botones de su americana. Su cabello castaño, hoy se encontraba bien peinado, y el olor tan masculino que desprendía de su cuerpo, logró debilitar un poco mis piernas. — Cualquier suma que coloques está bien para mí. —Señaló tajante.
—¿De qué habla, señor?
—Ponle precio a tu virginidad, te la voy a comprar…