Una sensación de triunfo, y una sensación opresiva en la
garganta sospechosamente parecida al nudo de una soga, asaltaron a Enrique en
ese momento.
Era necesario, era lo que debían hacer, la única manera de
poder reclamar a su hijo, como heredero y la única manera de tener a Constanza.
La idea de tenerla hizo que su entrepierna despertase a la
vida de una manera elemental la deseaba con una ferocidad que le resultaba
desconocido.
La habría deseado en cualquier caso, pero la intensidad
ganas de