Después de hablar, con el propietario del casino, Enrique
soltó una palabrota no porque el problema fuera difícil de resolver, si no por
el insatisfecho deseo que lo volvía loco.
No podía creer que estaba a punto de hacer el amor con Constanza,
en el jardín, con la tosquedad de un adolescente. El nunca habia perdido el
control de ese modo, el siempre se tomaba su tiempo para seducir a una mujer,
Javiera no lo hubiese querido de otra forma, y siempre había pasado al menos
una hora excitandola. A