La noche cayó con una humedad pesada sobre los barrios bajos de la zona sur. Camila, envuelta en una gabardina de marca que desentonaba con las paredes llenas de grafitis, bajó de su coche con los nervios a flor de piel. El investigador Vargas le había enviado una ubicación: una casa de huéspedes de aspecto ruinoso detrás de una fábrica abandonada.
—Aquí es donde la tienen —susurró Camila para sí misma, apretando su bolso—. Viviendo entre ratas mientras mi Sebastián pierde la cabeza por ella.
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