Sebastián caminaba de un lado a otro, con la imagen de Marcus en el parque grabada a fuego en su mente. La idea de que ese hombre, un profesional que emanaba poder y peligro, hubiera estado vigilando a su esposa durante años, lo hacía sentir como si hubiera vivido en una mentira.
—No tiene sentido —repetía Sebastián, golpeando el borde de su escritorio—. Un hombre así no protege a una mujer común. Elena solo era una chica de pueblo, una huérfana con el apellido de su madre, Elena Americus. Ni s