La mansión Montero despertó con el suave murmullo de la ciudad extranjera. Isabella y Sebastián se encontraban en la terraza principal, tomando café y observando el amanecer sobre los jardines perfectamente cuidados. La vida social y familiar en la ciudad había tomado un ritmo agradable: reuniones estratégicas con Adam, paseos con Sofía y momentos de juego y enseñanza con Elías. Todo parecía encajar en un delicado equilibrio.
—No puedo creer cuánto hemos avanzado en solo unos días —comentó Isa