La mansión Fernández, con su fachada señorial iluminada por luces cálidas, había sido testigo de batallas silenciosas, reencuentros emocionales y decisiones que habían cambiado destinos. Pero esa noche, por primera vez en mucho tiempo, reinaba la calma.
Isabella caminó por los amplios pasillos de mármol blanco, con un vestido sencillo en tonos crema, suelto y cómodo. Había elegido no vestirse de gala. No esa vez. Esa noche quería sentirse humana. No la heredera, ni la soldado, ni la infiltrad