El silencio en la sala era denso, casi sólido. Las palabras recién pronunciadas por Rubén Gallardo parecían haberse detenido en el aire, vibrando entre los muros de mármol y las miradas incrédulas de su equipo. Sebastián, de pie frente a su padre, apenas podía respirar. Su pecho subía y bajaba con esfuerzo, y en sus ojos danzaban la ira, la confusión y el dolor.
—¿Quince años, padre? —susurró Sebastián, apenas audible—. ¿Quince años viviendo como un traidor frente a todos? ¿Incluso frente a mí