A Sofía le temblaban un poco las manos.
—Sofía, voy a ir a buscarte. Espérame.
En el instante en que Diego colgó, Alejandro apareció de repente en la vista de los binoculares. La abrazó con un brazo, confirmó que estaba bien y, entonces, levantó la cabeza, muy serio y miró en su dirección. La distancia era enorme; no era posible que sus miradas se cruzaran y, sin embargo, parecía que sí lo hacían: una pelea silenciosa a través del aire.
Diego se rio con maldad.
—¿Tan rápido me descubrieron?
Tiró