Isabella estaba helada del miedo.
Gritaba sin parar, a todo pulmón, hasta que el auto derrapó con una facilidad impresionante y superó la curva sin problema. Entonces, la invadió una sensación de alivio total. "Dios mío, gracias por eso, aún no estoy lista para que me lleves al cielo", pensó, jadeando.
Entre el rugido del motor, alcanzó a escuchar una carcajada sutil. Volteó la cabeza y alcanzó a ver que Sofía sonreía, con la cara iluminada por el parpadeo de las farolas. Las venas de sus manos