Esa noche, Sofía llevaba un abrigo negro delgado que apenas le cubría las caderas. La prenda le ajustaba la cintura con un cinturón bien apretado. Debajo, usaba un pantalón del mismo color y unas botas cortas de cuero, también negras, con el borde del pantalón metido dentro.
Era alta, de figura esbelta y, bajo la luz de la luna y de los faroles, ese conjunto hacía que su silueta se viera aún más alargada. La tela del abrigo se movía con el viento y su cabello oscuro, suelto, pegándole en la cara