Alejandro habló en voz baja; cada palabra suya era como una amenaza mortal:
—Quieres verla, ¿verdad? Piénsalo bien... Asegúrate de que te sobre vida para hacerlo.
El filo del vidrio estaba a apenas un centímetro del ojo de Ignacio, lo bastante cerca como para que un movimiento mínimo lo dejara ciego. Cuando escuchó esa advertencia, en vez de reaccionar con miedo, se rio como loco.
—Ja, ja, ja... ¿De verdad te importa tanto? ¡Increíble! —Su risa se volvió cada vez más histérica—. Si Sofía te deja