Que Sebastián se hubiera atrevido a resistirse, incluso a desafiarla… Isabella no lo había esperado.
Él debía servirle para desquitarse, como un perro que, por más que ladrara, al final iba a bajar la cabeza ante ella.
Así era como debía ser.
Por eso, en realidad, Isabella no se habría lastimado.
Cuando cayó, ella misma estiró el brazo y se provocó la herida.
De otro modo, ese día no iba a tener excusa para aplastar a Sebastián.
Dolía, sí. Muchísimo.
Pero le dolió más no poder desquitarse con él