—¿Cómo que no? Deberías aprender un poco del señor Montoya. Nadie es tan descarado ni tan bocón como tú —dijo Carmen.
Aprovechó que Camilo se quedó callado, lo empujó hacia afuera y casi le cierra la puerta en la cara.
Camilo se apoyó contra el marco y fingió que le dolía.
—Ay, ¡No me jale, me duele!
Y agregó:
—Todavía estoy aquí. Si me golpeas en la cabeza con la puerta y me dejas sin poder moverme, te vas a tener que responsabilizar por mí toda la vida.
—Pero no te pasó nada —respondió Carmen.