Alejandro caminaba, serio, mirando hacia abajo. Imponía. Pero cuando vio a Sofía, esa actitud cambió.
El corazón se le aceleró y el buen ánimo lo delató.
No se atrevió a mirar a otro lado. Avanzó lentamente hacia Sofía.
Cuando quedó a un metro, se contuvo y se detuvo. Si no, la habría abrazado.
La diferencia de estatura saltaba a la vista. Alejandro bajó la mirada y preguntó:
—¿Viniste a recogerme y no me lo dijiste?
—Te mandé un mensaje.
Alejandro pensó que era imposible. Había esperado un mens