En la penumbra, Sofía quedó completamente envuelta por la sombra de Alejandro. Al segundo siguiente, una prenda tibia la cubrió. Sofía percibió el aroma de la ropa: un perfume fresco con notas amaderadas que remembraba los abetos que se alzaban en la nieve durante el invierno. Como le había dado su abrigo, el hombre quedó solo en una camisa negra delgada, con botones de diamante en las mangas que reflejaban una luz fría, igual que él: una sola mirada bastaba para querer alejarse.
Sofía no había