Santiago, con su presencia, ya demostraba su sinceridad.
En cuanto bajaron del auto y caminaron unos pasos, fue él mismo quien salió a recibirlas.
—Señora Jiménez, señorita Mendoza —saludó rápido—. Qué bueno que por fin llegaron, por aquí, por favor.
El magnate estaba desbordando entusiasmo.
Nada que ver con la primera vez que se habían visto en el circuito de carreras. Entonces, la actitud de Santiago era completamente distinta.
Carmen asintió un poco, y cuando Sofía también le dio una señal co