Solo de imaginar que Sofía pudiera tener contacto en privado con su ídolo, Isabella moría de celos.
Ella le había prometido que, si se portaba bien, podría conocer a su estrella. La tentación era demasiado grande. Pero Isabella no podía aceptar que alguien, a quien despreciaba, la tuviera en sus manos. Decidió investigarlo por sí misma… y no logró averiguar nada.
No le quedó más remedio que acudir a Diego.
—¿Me ayudas, por favor? —dijo, con un tono meloso.
Él no sentía el mismo interés por Sun q