A Camilo le daba risa la falsa sonrisa de Carmen.
Al instante se lanzó sobre ella, la atrapó contra la cama y, acercándose aún más, sonrió con malicia.
—Con esas palabras solo provocarías a un hombre que en verdad no pudiera… Pero yo sé que sí puedo.
Mientras mordía suavemente su oído, murmuró:
—Yo sí soy capaz.
El cuerpo de Carmen se aflojó bajo sus caricias, pero su voz se mantuvo firme.
—La única que tiene derecho a opinar sobre la técnica es la mujer.
Camilo besó su lóbulo y bajó al cuello.