—Siempre sabes lo que quieres, nunca te desgastas con dudas, por eso eres tan libre —dijo Sofía, mirándola con admiración.
—¡Ahhh, me asustas! ¡No estoy acostumbrada a eso! —exclamó Carmen, con todos los vellos de punta.
Sofía sirvió una bebida, brindó con ella y bebió como si fuera licor. Su actitud era tan elegante y segura que hasta tomando refresco imponía.
Carmen se acostumbró rápido. Esa era la Sofía de antes: con una presencia tan fuerte que, aunque no sonriera, inspiraba respeto.
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